Crónica de "El Cascanueces"

Retorno a mi infancia

Cuando era pequeña mi madre tenía una caja de música. Bueno, no era exactamente una caja; era una góndola que mi padre le había traído de Venecia en uno de sus viajes. Dicha góndola tenía un cofre justo en medio que, cuando se abría, hacía que una bailarina bailara al son de una preciosa música.

En aquel entonces, yo me podía pasar muchísimo tiempo siguiendo los dulces movimientos de la bailarina, mientras escuchaba esa música embriagadora que me dejaba totalmente embelesada y que, aún hoy, recuerdo y soy capaz de tararear.

Casi me había olvidado de esa agradable sensación hasta que fui el día 8 de Diciembre al Teatro Guimerá para ver El Cascanueces. Fue elevarse el telón y experimentar lo mismo que cuando levantaba la tapa del cofre de la góndola. Esa especie de embeleso que te hipnotiza y no deja que pierdas detalle de lo que estás viendo y escuchando. Esa paz que te imparte la música y que dicen que es capaz de amansar a las fieras…

El Cascanueces es un cuento bailado, estructurado en dos actos y compuesto por el magnífico Tchaikovski entre 1891 y 1892. El ballet se ha representado en muchos lugares del mundo, especialmente en la época de Navidad. Escuchar la música de este gran compositor mientras baila el Ballet de Moscú, es un lujo que uno no se puede permitir todos los días, y precisamente por esa razón no quería perdérmelo.

Los bailarines tenían una técnica impresionante, pero daba la impresión de que no les costaba en absoluto el gran esfuerzo físico que estaban haciendo; las bailarinas parecían flotar en las nubes. En cuanto al vestuario, era elegante, apropiado y vistoso, y la puesta en escena… sencillamente magnífica.

Después de ser testigo de tanto arte derramado en un corto espacio de tiempo de apenas dos horas, el telón se bajó, y con él, fue como si yo misma bajara la tapa del cofre de la góndola de mi madre. La música terminó, los bailarines saludaban y ya sólo se oían los interminables aplausos de un público entregado.

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